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ALANO DE SOLMINIHAC A SAN VICENTE - San Vicente de Paúl. Obras completas. Tomo IV. Correspondencia Abril 1650 Julio...

ALANO DE SOLMINIHAC A SAN VICENTE

. pp. 262-263

Mercuès, 8 de noviembre de 1651

Padre:

Recibí la suya del 8 de octubre. Esperaremos el regreso de la reina para el asunto de Santa Genoveva, ya que le parece a usted mejor así. Entretanto le quedo muy agradecido y le doy gracias por el interés que se ha tomado con el señor de la Marguerie para acabar con el asunto de nuestros sindicados, suplicándole que acepte mis sentimientos y mis razones, tal como se las expuse en la carta que le mandé escribir por medio de mi vicario general a mi oficial, con órdenes de que se la mostrara a usted y al señor de la Marguerie. Es preciso que le diga sinceramente que todos los que han visto los artículos de dichos sindicados se han extrañado mucho y se han quedado muy indignados contra nuestro oficial por haberlos dejado examinar, ya que no son más que un libelo difamatorio como él muy bien sabe, y que se haya tratado de mis estatutos sinodales, a pesar de no ser de la competencia del Consejo ni del Parlamento, sino solamente del Papa, que nunca jamás ha querido escuchar a los sindicados, a pesar de sus insistencias, sino a nosotros. El clero no tiene nada que ver con los estatutos sinodales; le corresponde solamente al cabildo catedralicio dar su opinión sobre ellos, e incluso entonces no estoy obligado a seguirla. Por eso no toleraré jamás que se hable de ellos; traería consecuencias muy desagradables. Nuestro oficial ha hecho muy mal en dejar que se hable. De esas cosas no se trata en el proceso. Todos lo condenan por su proceder. En cuanto a mí, me parece que tiene buena intención, pero conozco muy bien su espíritu y su forma de actuar.

He firmado la solicitud que me ha presentado el señor Treffort, y de la forma que él ha querido. Ese consejo que le han dado a usted es muy bueno. El señor Treffort no está de acuerdo en que se comisione al señor Doronce, lugarteniente de nuestro oficial, por causa de los soldados que están desolando todo el país, se lo he encargado a un honrado eclesiástico que reside cerca de aquí, y que él me recomendó, asegurándole que en esta ocasión, como todas las demás, procuraré serle útil, ya que me reconozco suyo...

ALANO

Obispo de Cahors

1487) LUISA MARIA, REINA DE POLONIA, A SAN VICENTE. pp. 263-264

Luisa María, por la gracia de Dios reina de Polonia y de Suecia, etcétera, gran duquesa de Lituania, Rusia, Prusia, etcétera, de nacimiento princesa de Mantua y Monferrato de Nivernois, etcétera.

Padre Vicente:

He visto con alegría a los misioneros que me ha enviado y que me han entregado su carta. Espero que conseguirán los frutos que siempre he esperado de ellos. Les envío ahora al señor obispo de Vilna para que reciban su aprobación, ya que habrán de residir en su obispado, en una de mis tierras, que está en Lituania, en donde fundarán su seminario, y del que con el tiempo espero poder sacar sacerdotes para los demás lugares e incluso para Varsovia, a fin de conseguir todo lo que usted me desea en su carta. Ellos le informarán de su viaje y de su llegada a estas tierras.

Si Dios me concede la gracia de tener un parto feliz, escribiré las cartas de que usted me habla para que puedan venir esta primavera las hijas de Santa María.

Entretanto me encomiendo a sus oraciones y pido a Dios que le conserve santamente.

En Varsovia, 13 de noviembre de 1651.

LUISA MARIA reina

Dirección: Al padre Vicente, superior general de la Congregación de la Misión, en París.

1488) A MATURINO GENTIL, SACERDOTE DE LA MISION, EN LE MANS. pp. 264-265

22 de noviembre de 1651

La compasión que siento por las fatigas que usted sufre me obliga a pedirle muchas veces a Nuestro Señor que sea él su fortaleza. La casa de Le Mans debe estar muy agradecida por sus esfuerzos en su favor y por los buenos ejemplos que le da, a los que es de desear que añada usted el siguiente: no emprender ninguna construcción, ni grandes reparaciones, sin orden expresa del general, ni tampoco otras reparaciones más menudas sin permiso del superior particular. Esto es lo conforme con las reglas y la práctica de la compañía. Así lo ha reconocido también el padre Lamberto, que me ha dicho antes de partir para Polonia cuánto sentía haberle dicho en su visita que usted hiciera y deshiciera lo que creyera oportuno sin aconsejarse con el superior; por tanto, anulo ese permiso y le ruego que se atenga escrupulosamente a la práctica de las demás casas, en conformidad con el reglamento, tal como le acabo de decir. No dudo de que recibirá usted benévolamente este aviso, al venir de una persona que le quiere tanto, y que evitará usted hacer gastos en este sentido tanto más cuanto que anda con dificultades para pagar las pensiones y para podernos ayudar. Ya sabe usted que estamos debiendo grandes sumas por esta casa y que tenemos que pagar alrededor de mil escudos todos los años en intereses al señor abad Lucas y a otras personas. Y sin embargo nos dice usted que no puede enviarnos nada para pagar sus cargas. ¿Cómo es que puede entonces tener casi siempre obreros levantando paredes, construyendo, quitando, derribando, moviéndose por todas partes, y que gastan mucho dinero en jornales y material? Me dirá usted que las fincas están amenazando ruina y que necesitan reparaciones. Sí que es verdad todo esto, por desgracia. Pero no es en eso en lo que tiene usted que trabajar, sino en la casa, que no tiene tantas necesidades. Por tanto, habrá que decidirse a acabar con sus preocupaciones por esas granjas y pedir cuanto antes permiso para vender la leña y atender a los gastos que habrá que hacer. ¡Dios nos conceda la gracia de contribuir al buen orden de todo, de emplear bien los pocos medios que Dios nos da y al mismo tiempo de practicar la santa pobreza!

1489) LUISA DE MARILLAC A SAN VICENTE. pp. 265-267

Día de santa Catalina 1651

Mi venerado padre:

No he podido encontrar ningún papel referente a la fundación; me acuerdo que un día su caridad hizo el favor de leernos la solicitud que había presentado al señor arzobispo de París, en la que se incluía nuestro reglamento; pensando que deberíamos conservarla, se la pedí. Creo que el motivo que impidió que nos quedáramos con ella, fue que todavía quedaba alguna otra cosa por hacer.

Mi miseria y el conocimiento de la resistencia que ofrezco a las gracias de Dios sobre esta compañía me hace pensar muchas veces que, para la consolidación de la misma, sería de desear que otra ocupase mi lugar para que, sirviendo de ejemplo con sus virtudes y la observancia de las reglas, formase a todas las hijas de la Caridad en las buenas costumbres; al no ser así, me parece muchas veces que es por eso por lo que la Providencia retrasa su establecimiento.

Las razones que me hacen dudar con frecuencia de si Dios quiere este establecimiento, o dejar que siga adelante la obra hasta que se deshaga ella misma por los desórdenes particulares, son en primer lugar la muerte prematura de tantas buenas personas, que podrían sostenerla vigorosamente.

Otra razón es que las hermanas, al verse ya establecidas, se elevarían muy encima de lo que son y se mostrarían orgullosas en sus tareas.

Otra tercera o cuarta razón es la experiencia que tenemos de que ya se han salido tres o cuatro con deseos de casarse y, por consiguiente, han concebido esas ideas en la compañía, a la que muy fácilmente podrían llevar a la impureza, que es un crimen que destruiría completamente a la compañía, si se asentara en él, ya que la compañía debe establecerse bajo el título de honrar a Nuestro Señor y a la santísima Virgen, que son la misma pureza.

La última razón son los defectos particulares de las hermanas, su poco progreso en la perfección, especialmente en la mortificación de los sentidos y de las pasiones.

Lo que nos puede hacer pensar que Dios quiere el establecimiento de la compañía es la bondad de la obra en sí misma y las bendiciones que su misericordia le ha concedido hasta el presente; la Providencia con que la va formando en todas sus partes, la libertad que tienen los superiores para apartar de la compañía a los sujetos que podrían estropearla, y especialmente la libertad que cada una tiene en particular para marcharse.

Otro motivo que puede hacernos creer que Dios quiere su establecimiento es que, como lo principal del bien temporal se refiere a otra obra que podría desearse en el futuro y podrían encontrarse varias razones para proponer su destrucción general, de ese modo la gloria que Dios quiere quizás sacar acabaría antes que sus designios, si hubiéramos sido fieles a ellos.

Y el motivo más poderoso para creer en la necesidad de ese establecimiento es que, si no lo hace el fundador del que se sirvió Dios para comenzar esta obra, no es creíble que se atrevan nunca a hacerlo sus sucesores.

Le suplico a la bondad de Dios que continúe sus luces y su protección sobre su obra, que derribe todos los impedimentos y nos dé a conocer su voluntad a propósito de lo que piensan las que desean asociarse a ella.

Me he extendido demasiado; le pido humildemente perdón por ello.

Tengo aquí el primer reglamento, que me parece que fue el que se presentó al señor arzobispo, o al menos uno parecido, pero que yo no practico para gran confusión mía, como es también la de llamarme, mi venerado padre, su muy humilde hija y obediente servidora.

LUISA DE MARILLAC

Creo que el hermano Ducournau encontrará fácilmente la copia y el original de la solicitud que presentamos, junto con el acta de fundación que me parece que no hemos tenido nunca nosotros.

Dirección: Al padre Vicente

1490) A PEDRO WATEBLED, SUPERIOR DE SAINTES. pp. 267-268

26 de noviembre de 1651

Siento un gran dolor por los disturbios que han surgido por allí; le pido a Nuestro Señor que haga mejorar la situación. Entretanto habría que honrar su paciencia y hacer muchos actos de abandono en su voluntad y de aceptación de los designios de su justicia. Doy gracias a Dios por la paz interior que conserva en usted y en su familia; no dudo de que usted se la pedirá insistentemente para el país y para todo el reino, así como también la gracia para el pobre pueblo de usar bien de las aflicciones de la guerra.

Veo que está usted dudando de lo que tiene que hacer. Hay que resistir, padre; sería un gran mal dejar las cosas y un escándalo irreparable para la ciudad y para la compañía. Si usted abandona la casa, no creo que en adelante nos quieran ya recibir. No tema usted; la tranquilidad seguirá a la tempestad, y quizás pronto. Si no puede usted gozar de las rentas, no por eso se verá abandonado; no morirá usted de hambre; le asistiremos en la medida que podamos. No es que no tenga usted algunas provisiones ni que no pueda sacar nada de las rentas; al principio se asusta uno, pero no siempre permite Dios que venga el mal que tememos. Desde que hay guerra en Lorena, en Flandes y en nuestras fronteras, las casas religiosas siguen resistiendo allí. No es que no sufran, pero logran escaparse y merecen mucho con su paciencia. Ninguno de ustedes ha tenido todavía motivos para asustarse. Le pido a Nuestro Señor que sea su protector y su consuelo, que los una entre ustedes y les dé la fidelidad conveniente a la práctica de las virtudes, especialmente a la oración, al recogimiento, a la mortificación y a la conformidad con la voluntad de Dios. Confíe mucho en él y tenga ánimos. Nuestras casas de Agen y de La Rose están tan preocupadas como la suya, y también la de Cahors, o poco menos.

1491) A JUAN BAUTISTA GILLES. pp. 268-270

París, 28 de noviembre de 1651

Padre:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con vosotros.

Le doy gracias a Dios por su feliz llegada a Crécy. Le pido que bendiga allí abundantemente a su persona, y por medio de ella a esa pequeña familia y a sus trabajos.

Haré que le manden las estampas y los libros que desea; pero creo que he de decirle, padre, que estamos en una situación en que no hay que hacer más gastos que los necesarios. La miseria pública nos rodea por todas partes. Es de temer que llegue también hasta nosotros; y aun cuando no llegara, debemos tener compasión con los que la sufren. Cuando haya hecho usted sus provisiones y haya conocido todas las necesidades de casa y de fuera, quizás cuide usted un poco mejor los fondos que haya encontrado.

En cuanto al caballo, no se lo enviaré por las razones que he mencionado, aunque le enviaré el precio para comprarlo, con la ayuda de Dios; a ello añado que, como su estancia allí no está totalmente decidida, no es conveniente que se vea un caballo en casa, por las malas consecuencias que eso podría tener, no ya por parte de usted, sino de quienes le sucedieran, que podrían abusar. Seguramente no se le habría ocurrido a usted pedir uno, si el último que le precedió hubiera pasado sin él, como habían hecho los demás; y sin duda prescindirán mejor en el futuro de él, si usted les deja ese buen ejemplo. Cuando tenga necesidad de uno, podrá alquilarlo en ese sitio, como se acostumbraba hacer. Hay bastantes allí, y sus viajes no serán tan largos ni tan frecuentes que, por muy malas que sean las monturas, no sean suficientes; incluso podrá resultarle más barato pedirle a alguien que se lo deje, cuando tenga algo que hacer, o marchar con los demás de la familia en una carreta cubierta, cuando tengan que ir o volver de misionar.

Sé muy bien que podría usted decirme: «Médico, cúrate a ti mismo», ya que en varias ocasiones he usado caballo y ahora me sirvo de una carroza. Es verdad, para mayor confusión mía; pero también es verdad que la necesidad me ha obligado a ello; sin embargo, padre, si usted me aconseja que actúe de otro modo, lo haré.

Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor,

VICENTE DEPAUL

Indigno sacerdote de la Misión

Dirección: Al padre Gilles, superior de los sacerdotes de la Misión, en Crécy.

1492) A SOR JUANA LEPEINTRE, SUPERIORA DE NANTES. p.270

29 de noviembre de 1651

He leído su carta con un consuelo muy grande, como siempre que me viene alguna cosa de parte de usted. Me parece que cada vez va dirigiendo usted las cosas mejor y consiguiendo efectos conformes con nuestros deseos. Le pido a Nuestro Señor que sea él mismo nuestro agradecimiento y que le siga dando esa paz de que usted goza después de tantos disturbios y oleajes como han agitado a su pobre barquilla. Hemos de amar mucho a Nuestro Señor y de este modo estar dispuestos a sufrir nuevas sacudidas y nuevas tempestades; hoy está el cielo claro, pero mañana estará lleno de tinieblas. ¿Qué hay que hacer? Prepararse, como he dicho, para todo lo que pueda pasar; cuando sufrimos, esperar que Dios nos librará; cuando nos trate mansamente, hacer acopio de mansedumbre y de paciencia para emplear bien las penas que luego habrán de venir. En fin, hermana, hay que entregarse a Dios en todas las ocasiones y desear que se cumpla su voluntad, conformándonos con ella tanto en las ocasiones duras como en las agradables, que se van siguiendo continuamente y que por eso mismo requieren de nosotros una disposición para todo y un desprendimiento absoluto de nosotros mismos. ¡Dios mío!, ¿quién nos lo concederá fuera de ti? Te lo pedimos humildemente por tu Hijo Jesucristo. ¡Que Dios nos conceda la gracia de ser siempre fieles a sus luces y a nuestros humildes ejercicios!

Me encomiendo humildemente a sus oraciones.
1493) A UN SACERDOTE DE LA MISION. p.271

¡Ay, padre! ¡Cuánto consuelo siento al pensar en usted, que es totalmente de Dios, y en su vocación, que es verdaderamente apostólica! Estime, pues, ese pequeño regalo que le ha venido encima y que deberá atraer sobre usted una infinidad de gracias, con tal que se muestre siempre fiel al uso de las primeras. Sin duda tendrá usted mucho que combatir, ya que el espíritu maligno y la naturaleza corrompida se aliarán entre sí para oponerse al bien que piensa usted hacer; le harán parecer las dificultades mayores de lo que son y harán todo el esfuerzo posible para convencerle de que la gracia le faltará cuando sea necesario, a fin de abatirle y desanimarle; quizás incluso lo hagan quienes usted considera que son sus mejores amigos, y que deberían más bien sostenerle y consolarle. Si así ocurre, padre, debe usted tener ánimos y considerarlo como una buena señal, ya que por este medio podrá usted parecerse más a Nuestro Señor que, al estar agobiado de dolores, se vio abandonado, renegado y traicionado por los suyos, y como desamparado por su propio padre. ¡Qué dichosos son aquellos que llevan amorosamente su cruz, siguiendo a tal Maestro! Recuerde, padre, y créalo firmemente, que aunque venga sobre usted lo peor, nunca será tentado por encima de sus fuerzas, y que Dios mismo será su apoyo y su virtud, tanto más perfectamente cuanto menos confíe y se refugie usted en nadie que no sea él.

1494) A GILBERTO CUISSOT, SUPERIOR DE CAHORS. pp. 271-273

París, 9 de diciembre de 1651

Padre:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Desde mi última he recibido dos cartas suyas. Me dice usted que el señor arcediano le pide una renta por la casa de labranza, que ha visto usted que estaba exenta. Si así es, hágale ver que no le debe nada; haga que hablen con él sus amigos y, si es preciso, el señor obispo de Cahors. Si después de todo eso, le forma proceso, defiéndase; pero antes conviene dar los pasos que le he indicado.

Su difunto tío tenía derecho a entregársela al alumno de que me habla, para que lo educara usted en su casa y alimentarlo según las normas de la fundación; al aceptar el regalo de su alquería, la compañía se obligó a esta carga; pero no pudo, ni puede usted tampoco, obligar a ese joven a entrar en el estado eclesiástico. Si ha empezado a llevar el hábito y a someterse a su dirección en calidad de tal, no se sigue de ahí que tenga que continuar, ya que al tener más años de los que tenía es más capaz de juzgar de sus disposiciones. Por tanto, si se inclina a otro estado de vida y, a pesar de eso, quiere continuar sus estudios en- la ciudad y vivir en casa de ustedes, tiene usted que tolerarle y dejarle en libertad. Me parece que también lo desea así el señor arcediano, y mi consejo es que lo haga usted; pero hay que evitar recibir en su casa a otros niños, si no tienen intención de entregarse a la Iglesia y no llevan la sotana; pero en cuanto a éste, no puede usted mandarlo fuera.

Le pedí que averiguara el pensamiento del señor obispo sobre la adquisición de la casa y del huerto vecino, para que, si le parece bien, aun cuando pague usted por ello la parte que tiene sobre la ciudad, siga en todo su parecer.

¡Bendito sea Dios porque le hacen esperar todavía esas 500 libras para sus necesidades domésticas! Dejémosle hacer a él. Su providencia no nos faltará nunca, con tal que no faltemos nosotros a su servicio.

Escribiré a Agen para saber si pueden mandarle al hermano Dupuich; en caso afirmativo, diré que se lo envíen.

No veo ningún inconveniente en enviar un hermano a la guardia para que trabaje en las fortificaciones, si le cuesta demasiado enviar allá a un externo; pero habría que vestirlo de gris.

Le escribo unas palabras al hermano Dubourdieu, para que le entregue usted la carta o la retenga, según lo crea conveniente; por eso se la mando abierta, junto con un sello para cerrarla.

Le doy gracias a Nuestro Señor al ver cómo bendice sus trabajos y da paz a su familia. ¡Quiera su divina bondad seguir bendiciéndoles a todos y dándoles abundantes gracias!

Me encomiendo a sus oraciones y soy, en su amor, su muy humilde servidor.

VICENTE DEPAUL

Indigno sacerdote de la Misión
1495) UN OBISPO A SAN VICENTE. p.274

2014-07-19 18:44
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