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Traducción de Eduardo G. Murillo - 12

35


Por razones de seguridad y de control de ruidos, el helipuerto del Vaticano se halla emplazado en la punta noroeste de Ciudad del Vaticano, lo más lejos posible de la basílica de San Pedro.
—Tierra firme —anunció el piloto cuando aterrizaron. Abrió la puerta para que Langdon y Vittoria descendieran.
Langdon bajó y se volvió para ayudar a Vittoria, pero ella ya había saltado al suelo sin el menor esfuerzo. Todos los músculos de su cuerpo parecían concertados para lograr un único objetivo: encontrar la antimateria antes de que dejara un legado horrible.
Tras cubrir el parabrisas del morro del helicóptero con una lona reflectante, el piloto los guió hasta un carrito de golf eléctrico de tamaño mayor del habitual, que los aguardaba a pocos pasos de donde habían aterrizado. El carrito los condujo silenciosamente a lo largo de un baluarte de cemento de quince metros de altura, lo bastante grueso para rechazar incluso ataques de carros blindados, y que constituía la frontera occidental del diminuto Estado. Al otro lado del muro, apostados a intervalos de cincuenta metros, los Guardias Suizos estaban en posición de firmes, vigilando el terreno. El carrito giró a la derecha por la Via dell' Osservatorio. Había letreros que señalaban en todas direcciones:
^ PALAZZO DEL GOVERNATORATO COLLEGIO ETIOPICO BASILICA DI SAN PIETRO CAPPELLA SISTINA
Aceleraron por la calzada y dejaron atrás un edificio cuadrado con el letrero RADIO VATICANA. Langdon comprendió con asombro que era el centro de emisión de los programas de radio más escuchados del mundo, que propagaban la palabra de Dios a millones de oyentes en todo el globo.
Attenzione —dijo el piloto cuando giró por una glorieta.
Mientras el carrito daba la vuelta, Langdon apenas pudo creer lo que veían sus ojos. Giardini Vaticani, pensó. El corazón de la Ciudad del Vaticano. Delante se alzaba la parte posterior de la basílica de San Pedro, algo que casi nadie veía nunca. A la derecha se cernía el Palacio del Tribunal, la lujosa residencia papal a la que tan sólo hacía competencia Versalles en su ornamentación barroca. Habían dejado a sus espaldas el edificio del Governatorato, de aspecto severo, el cual alojaba la administración del Vaticano. Y enfrente, a la izquierda, el enorme edificio rectangular de los Museos Vaticanos. Langdon sabía que no habría tiempo para visitar museos en este viaje.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Vittoria, mientras inspeccionaba los jardines y senderos desiertos.
El guardia consultó su cronógrafo negro, de estilo militar, un extraño anacronismo bajo su manga ancha.
—Las cardenales están reunidos en la Capilla Sixtina. El cónclave empieza dentro de menos de una hora.
Langdon asintió, y recordó vagamente que antes del cónclave los cardenales pasaban dos horas en la Capilla Sixtina, para reflexionar y saludar a sus colegas de todo el globo. Era un lapso de tiempo destinado a renovar viejas amistades entre los cardenales y facilitar un proceso de elección menos acalorado.
¿Y el resto de residentes y personal?
—Tienen prohibida la entrada en la ciudad, en aras del secretismo y la seguridad hasta la conclusión del cónclave.
¿Y cuándo concluirá?
El guardia se encogió de hombros.
—Sólo Dios lo sabe.
Las palabras parecieron extrañamente literales.
Después de aparcar el carrito en el amplio jardín que había detrás de la basílica de San Pedro, el guardia acompañó a Langdon y Vittoria hasta una plaza de mármol situada a un lado de la basílica. Cruzaron la plaza y se acercaron a la pared posterior de la basílica, luego atravesaron un patio triangular, la Via Belvedere, y entraron en una serie de edificios muy pegados entre sí. La historia del arte le había enseñado lo suficiente a Langdon para reconocer los letreros de la Imprenta del Vaticano, el Laboratorio de Restauración de Tapices, la oficina de correos y la iglesia de Santa Ana. Cruzaron otra plaza pequeña y llegaron a su destino.
Las dependencias de la Guardia Suiza se encuentran situadas junto al Corpo di Vigilanza, al noreste de la basílica de San Pedro. La oficina es un edificio cuadrado de piedra. A cada lado de la entrada, como dos estatuas de piedra, se erguían un par de guardias.
Langdon tuvo que admitir que estos guardias no parecían tan cómicos. Si bien exhibían también el uniforme dorado y azul, cada uno portaba la tradicional alabarda vaticana (una lanza de dos metros y medio con una guadaña afilada como una navaja), con la cual se rumoreaba que habían decapitado a incontables musulmanes cuando defendían a los cruzados cristianos en el siglo XV.
Cuando Langdon y Vittoria se acercaron, los dos guardias avanzaron, cruzaron las alabardas y les impidieron la entrada. Uno de ellos miró al piloto, confuso.
I pantaloni—dijo, y señaló los shorts de Vittoria.
El piloto desechó su protesta con un ademán.
Il comandante vuole vederli subito.
Los guardias fruncieron el ceño. Se apartaron a regañadientes.
Dentro hacía frío. No se parecía en nada a las oficinas administrativas que Langdon había imaginado. Los pasillos, adornados y amueblados con gusto impecable, contenían cuadros que, en opinión de Langdon, cualquier museo del mundo habría acogido con alegría en su galería principal.
El piloto señaló una escalera empinada.
—Bajen, por favor.
Langdon y Vittoria siguieron los escalones de mármol, mientras descendían entre esculturas de hombres desnudos. Las partes nobles de las estatuas estaban cubiertas con una hoja de higuera de un color más claro que el resto del cuerpo.
^ La Gran Castración, pensó Langdon.
Era una de las tragedias más horripilantes del arte renacentista. En 1857, Pío IX decidió que la representación de los atributos varoniles podía incitar a la lujuria en el interior del Vaticano. En consecuencia, agarró un escoplo y un mazo, y cortó los genitales de todas las estatuas masculinas del Vaticano. Mutiló obras de Miguel Ángel, Bramante y Bernini. Se utilizaron hojas de higuera de yeso para ocultar los daños. Cientos de esculturas fueron castradas. Langdon se preguntaba a menudo si habría una inmensa caja de penes de piedra en algún sitio.
—Aquí —anunció el guardia.
Llegaron al pie de la escalera y vieron una pesada puerta de acero. El guardia tecleó un código de entrada y la puerta se deslizó a un lado. Langdon y Vittoria entraron.
Al otro lado del umbral se encontraron con una confusión absoluta.

36


La sala de operaciones de la caserna de la Guardia Suiza.
Langdon se quedó petrificado, mientras examinaba la colisión de siglos que tenía ante sí. La sala de mando era una biblioteca renacentista ricamente adornada, con estanterías taraceadas, alfombras orientales y tapices impresionantes por su belleza; pero, no obstante, abundaban los aparatos de alta tecnología: hileras de ordenadores, faxes, mapas electrónicos del complejo vaticano y televisores sintonizados con la CNN. Hombres con uniformes coloridos tecleaban furiosamente en sus ordenadores y escuchaban concentrados con auriculares futuristas.
—Esperen aquí —ordenó el guardia.
Langdon y Vittoria aguardaron, mientras el guardia cruzaba la sala en dirección a un hombre muy alto y nervudo, con uniforme militar azul oscuro. Estaba hablando por un móvil, tan tieso que casi se doblaba hacia atrás. El guardia le dijo algo, y el hombre lanzó una mirada a Langdon y Vittoria. Asintió, les dio la espalda y continuó hablando.
El guardia regresó.
—El comandante Olivetti se reunirá con ustedes enseguida.
—Gracias.
El guardia salió y subió por la escalera.
Langdon estudió al comandante Olivetti desde el otro lado de la sala, y cayó en la cuenta de que era el comandante en jefe de las fuerzas armadas de todo un país. Vittoria y Langdon esperaron y observaron. Los guardias iban gritando órdenes en italiano.
^ Continua a cercare! —chilló uno en un teléfono.
Hai guardato nel museo? —preguntó otro.
Langdon no necesitaba hablar italiano con fluidez para darse cuenta de que el centro de seguridad estaba enfrascado en una intensa investigación. Esto era una buena noticia. La mala era que, evidentemente, aún no habían encontrado la antimateria.
—¿Estás bien? —preguntó Langdon a Vittoria.
La muchacha se encogió de hombros, y le ofreció una sonrisa cansada.
Cuando el comandante terminó de hablar por teléfono y se acercó a ellos, dio la impresión de que crecía a cada paso. Langdon era alto, y no estaba acostumbrado a levantar la vista para hablar con alguien, pero el comandante Olivetti lo exigía. Langdon intuyó de inmediato que el comandante era un hombre que había capeado temporales, de rostro saludable y acerado. Llevaba el pelo negro cortado al estilo militar, y en sus ojos ardía una determinación inflexible que sólo se conseguía con años de intenso entrenamiento. Se movía con rígida exactitud, y el auricular que llevaba escondido detrás de la oreja le prestaba el aspecto de un miembro del Servicio Secreto norteamericano, antes que el de un Guardia Suizo.
El comandante se dirigió a ellos en inglés con fuerte acento. Habló con una voz sorprendentemente baja para un hombre tan alto, apenas un susurro, pero que comunicaba una eficiencia militar absoluta.
—Buenas tardes —dijo—. Soy el comandante Olivetti, ^ Comandante Principale de la Guardia Suiza. Soy quien llamó a su director.
Vittoria alzó la vista.
—Gracias por recibirnos, señor.
El comandante no contestó. Les indicó con un ademán que le siguieran y los guió entre la maraña de aparatos electrónicos hasta una puerta situada en un costado de la sala.
—Entren —dijo, al tiempo que abría la puerta.
Langdon y Vittoria obedecieron y se encontraron en una sala de control a oscuras. Una batería de monitores de vídeo adosados a una pared estaba transmitiendo una serie de imágenes en blanco y negro del complejo. Un joven guardia estaba sentado, y contemplaba las imágenes con gran atención.
Fuori —dijo Olivetti.
El guardia se levantó y salió.
Olivetti se acercó a una pantalla y la señaló. Después se volvió hacia sus invitados.
—Esta imagen es de una cámara remota, oculta en algún rincón del Vaticano. Quiero una explicación.
Langdon y Vittoria miraron la pantalla y contuvieron el aliento al mismo tiempo. La imagen no dejaba lugar a engaño. No cabía la menor duda. Era el contenedor de antimateria del CERN. Dentro, una gota trémula de líquido metálico estaba suspendida ominosamente en el centro del contenedor, iluminada por el parpadeo rítmico del reloj digital. La zona que rodeaba el contenedor estaba casi por completo a oscuras, como si la antimateria estuviera en un armario o una habitación a oscuras. En lo alto del monitor destellaba un texto superpuesto: TRANSMISIÓN EN DIRECTO. CÁMARA 86.
Vittoria consultó el tiempo restante en el indicador destellante del contenedor.
—Menos de seis horas —susurró a Langdon con el rostro tenso.
Él echó un vistazo a su reloj.
—Tenemos hasta...
Calló, con un nudo en el estómago.
—Medianoche —dijo Vittoria con una mirada de agotamiento.
Medianoche, pensó Langdon. Propensión al dramatismo. Por lo visto, la persona que había robado el contenedor anoche había calculado el tiempo a la perfección. Experimentó una oleada de aprensión cuando se dio cuenta de que se encontraba en la zona cero.
El susurro de Olivetti sonó más como un siseo.
—¿Pertenece este objeto a sus instalaciones?
Vittoria asintió.
—Sí, señor. Nos lo robaron. Contiene una sustancia extremadamente combustible llamada antimateria.
Olivetti no pareció impresionado.
—Estoy muy familiarizado con las sustancias incendiarias, señorita Vetra. No he oído hablar de la antimateria.
—Es una tecnología nueva. Hemos de localizarla de inmediato o evacuar la Ciudad del Vaticano.
Olivetti cerró los ojos poco a poco y volvió a abrirlos, como si enfocarlos de nuevo en Vittoria pudiera cambiar lo que acababa de escuchar.
—¿Evacuar? ¿Es consciente de lo que está pasando aquí esta noche?
—Sí, señor. Y las vidas de sus cardenales están en peligro. Nos quedan unas seis horas. ¿Han hecho algún avance en la localización del contenedor?
Olivetti meneó la cabeza.
—Aún no hemos empezado a buscarlo.
Vittoria casi se atragantó.
—¿Cómo? Pero hemos oído que sus guardias hablaban de la búsqueda de...
—Buscar, sí —dijo Olivetti—, pero no se trata de su contenedor. Mis hombres están buscando algo que no les concierne a ustedes.
La voz de Vittoria se quebró.
—¿Ni siquiera han empezado a buscar el contenedor?
Dio la impresión de que las pupilas de Olivetti se hundían en las órbitas de sus ojos. Tenía la mirada desapasionada de un insecto.
—Señorita Vetra, ¿verdad? Deje que le explique algo. El director de su instalación se negó a revelarme detalles por teléfono sobre este objeto, excepto para decirme que era preciso encontrarlo de inmediato. Estamos muy ocupados, y no puedo concederme el lujo de dedicar hombres a esta búsqueda hasta que no cuente con más datos.
—En este momento, sólo hay un dato relevante, señor —dijo Vittoria—, que dentro de seis horas ese aparato va a desintegrar todo este complejo.
Olivetti permaneció inmóvil.
—Señorita Vetra, ha de saber algo. —Su tono era casi paternalista—. Pese a la arcaica apariencia de la Ciudad del Vaticano, todas las entradas, tanto públicas como privadas, están equipadas con los aparatos de detección más avanzados que el hombre conoce. Si alguien intentara entrar con algún tipo de ingenio incendiario, sería detectado de inmediato. Tenemos escáneres isotópicos radiactivos, filtros olfatorios diseñados por la DEA norteamericana para detectar las rúbricas químicas más tenues de combustibles y toxinas. También utilizamos los detectores de metales y los escáneres de rayos X más avanzados.
—Muy impresionante —dijo Vittoria en el mismo tono frío de Olivetti—. Por desgracia, la antimateria no es radiactiva, su rúbrica química corresponde al hidrógeno puro y el contenedor es de plástico. Ninguno de esos aparatos lo detectaría.
—Pero el aparato posee una fuente de energía —objetó Olivetti, señalando la pantalla parpadeante—. Hasta el rastro más tenue de níquel o cadmio sería registrado como...
—Las baterías también son de plástico.
La paciencia de Olivetti empezaba a agotarse.
—¿Baterías de plástico?
—Un electrolito de gel de polímero con Teflón.
Olivetti se inclinó hacia ella, como para acentuar la ventaja de su estatura.
Signorina, el Vaticano es el objetivo de docenas de amenazas de bomba al mes. Yo en persona entreno a todos los Guardias Suizos en la tecnología de los explosivos modernos. Soy muy consciente de que no existe sustancia en la tierra lo bastante poderosa para provocar el efecto que usted está describiendo, a menos que esté hablando de una cabeza nuclear con un núcleo de combustible del tamaño de una pelota de tenis.
Vittoria le dirigió una mirada intensa.
—Aún quedan por desvelar muchos misterios de la naturaleza.
Olivetti se acercó aún más.
—¿Quiere explicarme con exactitud quién es usted? ¿Cuál es su cargo en el CERN?
—Soy miembro de alto rango del personal de investigación, y enlace con el Vaticano en esta crisis.
—Perdone mi grosería, pero si esto es una crisis, ¿por qué estoy hablando con usted y no con su director? Además, es una falta de respeto entrar en la Ciudad del Vaticano con pantalones cortos.
Langdon gruñó. No podía creer que, teniendo en cuenta las circunstancias, el hombre insistiera en las normas referentes a la indumentaria. Comprendió que si penes de piedra podían despertar pensamientos lujuriosos en los residentes del Vaticano, Vittoria Vetra en shorts era sin lugar a dudas una amenaza para la seguridad nacional.
—Comandante Olivetti —intervino Langdon, intentando desactivar lo que consideraba una segunda bomba—, me llamo Robert Langdon. Soy profesor de simbología religiosa en Estados Unidos y no tengo nada que ver con el CERN. He visto una demostración de los efectos de la antimateria y refrendo la afirmación de la señorita Vetra de que es una sustancia muy peligrosa. Tenemos razones para creer que fue colocada en el interior del Vaticano por una secta antirreligiosa, con la esperanza de interrumpir el cónclave.
Olivetti se volvió y miró a Langdon.
—Tengo una mujer en shorts diciéndome que una gota de líquido va a volar el Vaticano, y tengo a un profesor norteamericano diciéndome que somos el objetivo de una secta antirreligiosa. ¿Qué esperan que haga?
—Encontrar el contenedor —dijo Vittoria—. Ahora mismo.
—Imposible. Ese artefacto podría estar en cualquier sitio. La Ciudad del Vaticano es enorme.
—¿Sus cámaras no llevan localizadores GPS?
—No suelen robarlas. Esta cámara desaparecida tardará días en ser localizada.
—No nos quedan días —insistió Vittoria—. Nos quedan seis horas.
—¿Seis horas hasta qué, señorita Vetra? —Olivetti alzó la voz de repente. Señaló la imagen de la pantalla—. ¿Hasta que termine esa cuenta atrás? ¿Hasta que la Ciudad del Vaticano desaparezca? Créame, no me hace gracia la gente que toquetea mi sistema de seguridad. Ni me gustan los artefactos mecánicos que aparecen como por arte de magia dentro del Vaticano. Estoy preocupado. Mi trabajo es estar preocupado. Pero lo que me han dicho es inaceptable.
Langdon habló antes de poder reprimirse.
—¿Ha oído hablar de los Illuminati?
El exterior gélido del comandante se cuarteó. Puso los ojos en blanco, como un escualo a punto de atacar.
—Le advierto que no tengo tiempo para esto.
—Así que ha oído hablar de los Illuminati, ¿no?
Los ojos de Olivetti eran como bayonetas.
—He jurado defender la Iglesia católica. Claro que he oído hablar de los Illuminati. Hace décadas que desaparecieron.
Langdon hundió la mano en el bolsillo y sacó el fax con la imagen del cuerpo marcado a fuego de Leonardo Vetra. Lo entregó a Olivetti.
—Soy un especialista en los Illuminati —dijo Langdon, mientras Olivetti estudiaba la foto—. Me cuesta aceptar que sigan en activo, pero la aparición de esta marca, combinada con el hecho de que los Illuminati sellaron un pacto bien conocido contra el Vaticano, me ha hecho cambiar de opinión.
—Una falsificación generada por ordenador.
Olivetti devolvió el fax a Langdon.
Langdon le miró con incredulidad.
—¿Una falsificación? ¡Fíjese en la simetría! Usted más que nadie debería darse cuenta de la autenticidad de...
—Autenticidad es precisamente lo que le falta a usted. Tal vez la señorita Vetra no le haya informado, pero los científicos del CERN han estado criticando la política del Vaticano durante décadas. Nos piden con regularidad que nos retractemos de la teoría creacionista, que pidamos disculpas oficiales por Galileo y Copérnico, que renunciemos a nuestras críticas contra las investigaciones peligrosas o inmorales. ¿Qué teoría le parece más probable? ¿Que una secta satánica de hace cuatrocientos años ha reaparecido con un arma avanzada de destrucción masiva, o que algún bromista del CERN está intentando interrumpir un acontecimiento sagrado del Vaticano con un fraude bien ejecutado?
—Esa foto es de mi padre —dijo Vittoria, con una voz como lava hirviente—. Asesinado. ¿Cree que estoy para bromear?
—No lo sé, señorita Vetra, pero lo que sí sé es que, hasta que consiga algunas respuestas sensatas, no decretaré ningún tipo de alarma. La vigilancia y la discreción son mi deber... con el fin de que los asuntos espirituales puedan tratarse con la mente clara. Hoy más que nunca.
—Al menos, aplace el acontecimiento —dijo Langdon.
—¿Aplazarlo? —Olivetti se quedó boquiabierto—. ¡Qué arrogancia! Un cónclave no es un partido de fútbol que pueda suspenderse debido a la lluvia. Es un acontecimiento sagrado, con un código y un procedimiento estrictos. Da igual que mil millones de católicos de todo el mundo estén esperando un líder. Da igual que los medios de comunicación del mundo entero estén fuera. El protocolo de este acontecimiento es sagrado, y no está sujeto a modificaciones. Desde 1179, los cónclaves han sobrevivido a terremotos, hambrunas, incluso a la peste. Créame, no será cancelado a causa de un científico asesinado y una gota de Dios sabe qué.
—Condúzcame ante la persona responsable —exigió Vittoria.
Olivetti despidió chispas por los ojos.
—La tiene delante.
—No —dijo Vittoria—. Alguien del clero.
Las venas de las sienes de Olivetti empezaron a abultar.
—El clero se ha ido. Con la excepción de la Guardia Suiza, los únicos presentes en la Ciudad del Vaticano en este momento son los cardenales. Y están en la Capilla Sixtina.
¿Y el camarlengo? —preguntó Langdon.
—¿Quién?
—El camarlengo del difunto Papa. —Langdon repitió la palabra con determinación, y rezó para que su memoria no le engañara. Recordó haber leído en cierta ocasión acerca de la curiosa disposición jerárquica del Vaticano tras la muerte de un Papa. Si Langdon estaba en lo cierto, durante el período de elección del nuevo Papa, el poder autónomo total se desplazaba de manera temporal al ayudante personal del Papa fallecido, su camarlengo, un secretario que supervisaba el cónclave hasta que los cardenales elegían al nuevo Santo Padre—. Creo que el camarlengo es la persona al mando en este momento.
^ Il camerlengo? —Olivetti frunció el ceño—. El camarlengo no es más que un simple sacerdote. Es el antiguo criado personal del difunto Papa.
—Pero está aquí. Y usted responde ante él.
Olivetti se cruzó de brazos.
—Señor Langdon, es cierto que las normas del Vaticano determinan que el camarlengo asume la autoridad durante el cónclave, pero se debe a que, al no poder ser elegido para el papado, esa circunstancia asegura una elección imparcial. Es como si su presidente muriera, y uno de sus ayudantes se hiciera cargo provisionalmente del Despacho Oval. El camarlengo es joven, y su idea de la seguridad, o de cualquier otra cosa, es muy limitada. A todos los efectos, yo estoy al mando.
—Llévenos a verle —dijo Vittoria.
—Imposible. El cónclave empieza dentro de cuarenta minutos. El camarlengo está en el despacho del Papa, preparándose. No tengo la menor intención de molestarle con problemas de seguridad.
Vittoria abrió la boca para contestar, pero una llamada a la puerta la interrumpió. Olivetti abrió.
Un guardia apareció en la puerta. Indicó su reloj.
—È l'ora, comandante.
Olivetti consultó su reloj y asintió. Se volvió hacia Langdon y Vittoria, como un juez que decidiera su suerte.
—Síganme. —Los guió hasta un pequeño cubículo situado en la pared posterior—. Mi despacho. —Olivetti los invitó a entrar. La habitación no tenía nada de especial: un escritorio lleno de cosas, archivadores, sillas plegables, una fuente de agua—. Volveré dentro de diez minutos. Sugiero que aprovechen ese tiempo para decidir cómo les gustaría proceder.
Vittoria giró en redondo.
—¡No puede irse! Ese contenedor está...
—No tengo tiempo para esto —replicó Olivetti, enfurecido—. Tal vez debería detenerlos hasta después del cónclave, cuando tenga tiempo.
—Signore —le urgió el guardia, señalando de nuevo su reloj—Spazziamo la cappella.
Olivetti asintió y dio media vuelta.
^ Spazzare di cappella? —preguntó Vittoria.—. ¿Se va para registrar la capilla?
Olivetti se volvió y la traspasó con la mirada.
—La registramos en busca de micrófonos ocultos, señorita Vetra. Una cuestión de discreción. —Señaló sus piernas—. Pero no creo que sea capaz de comprenderlo.
Cerró la puerta con estrépito. Con un ágil movimiento extrajo una llave, la introdujo en la cerradura y la giró. Un pesado cerrojo encajó en su lugar.
Idiota! —chilló Vittoria—. ¡No puede encerrarnos aquí!
Langdon vio a través del cristal que Olivetti decía algo al guardia. El centinela asintió. Cuando Olivetti salió de la sala, el guardia giró y los miró desde el otro lado del cristal, con los brazos cruzados. Una imponente pistola colgaba de su cinto.
Perfecto, pensó Langdon. Fabuloso.
2014-07-19 18:44
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